• Noviembre 1990: un post de antes del 2.0

    Data:2010.06.02 | CategoríaNarrativa | Etiquetas:

    ... había sobre el mar una enorme Luna llena de color azul celeste ...

    ... una enorme Luna llena de color azul celeste ...

    El día que yo nací, había sobre el mar una enorme Luna llena de color azul celeste. Pudo haber sido verde o naranja, incluso blanca, pudo haber sido; pero al principio era el Verbo y tuvo que ser azul.

    El mar estaba ciego. Los peces chocaban, haciéndose morados en las escamas y los brazos temblorosos de las algas se enredaban entre sí, mudos de pasión. Las olas, conscientes de su soledad, arremetían contra la arena húmeda, dejando prendidas en ella algunas lágrimas fugaces  y brillantes. En la orilla, un grupo de pulpos de gran sensibilidad artística, tallaban con las puntillas de las olas y con agua transparente, una ciudad en miniatura cuyos edificios ondulantes se cimbreaban con el viento, llenándolo caprichosamente de nuevos compases, nuevas formas.

    En el pueblo, las esquinas de las casas, cansadas de su blanca geometría, alzaban las manos hacia las veletas de las iglesias, buscando la figura grácil de alguna estrella diminuta. Mientras, los ojos de los niños dormidos echaban alas al aire, llenando la oscuridad de sus habitaciones con extraños paisajes de luz sólida. El asfalto se había vuelto loco, y dibujaba filigranas por el cielo, despegando sus pies de la tierra para posarlos firmemente en la nubes, mientras las farolas desfilaban marcialmente por las cunetas enviando mensajes en morse su luz naranja.

    El día que yo nací es, prácticamente, mi vida entera.

    Tantas veces soñé con la Luna azul que mis ojos se volvieron azules y mi corazón, como aquellos pulpos artistas que construían maravillas.

    Cuando el primer otoño inundaba mi pecho, se acercó al borde de mi cuna una ola enamorada, y en un envolvente abrazo me arrastró a la orilla del mar. Allí descubrí que el amor es una lágrima. Una solitaria, incontenible y enorme lágrima salada, que a veces, solamente a veces, brilla plena de luz si la luna se refleja en su curva.

    Otro día, mientras miraba por el cristal inquieto de una ventana, un águila me tomó de la cintura, y me sumergió entre las nubes, cortando majestuosamente el viento, dibujando arabescos en el aire. Eran, entonces, cuatro los veranos que acumulaba en la punta de mis dedos, y comprendí que la libertad es un par de alas.

    Una vez, mientras paseaba, rescaté de lo profundo de un pozo el brillo azorado de una pequeña estrella. Por las noches, temblando bajo mi almohada, iluminaba suavemente la dócil penunmbra de la habitación con un resplandor sugerente, casi mágico. Fué así como despertó mi imaginación y aprendí a soñar.

    Estos fueron los dones que me concedieron mis madrinas, y aunque perdí la objetividad y el sentido de lo práctico, aunque la Luna me prendió un blanco desmayado en la piel, aunque la libertad que gocé por unos instantes me puso cadenas para el resto de mi vida, aunque el misterio del amor desterró para siempre la paz de mi corazón; muchas veces me doy cuenta de los terriblemente afortunado que fue nacer una noche en la que una Luna infinita de color azul celeste se miraba pensativamente en el mar estremecido.